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foto de Baldovino y cuadro

Angel Baldovino - Biografía

En Argentina

Nació en Buenos Aires, el 29 de julio de 1929. De origen italiano, era el pequeño de tres hermanos de una familia humilde que vivía en el barrio de Pompeya.

En la escuela, dibujar mapas era lo que más le gustaba, coleccionaba estampas de pájaros, observaba los enormes barcos que venían a través del Atlántico, convenciéndose de que un día posibilitarían su encuentro con Europa. Lo que realmente tenía muy claro era que quería ser un gran artista. Su madre siempre confió en que su hijo alcanzaría su sueño y que para ello debería trabajar de forma constante y jamás perder la esperanza.

Tuvo que abandonar la escuela para ponerse a trabajar. En su tiempo libre dibujaba a todas horas. En Misiones, donde residía su abuela, a través del grafito captaba las formas de la naturaleza que le llamaban la atención. En Buenos Aires, recorría la ciudad en busca de lugares solitarios y escenas deshabitadas que sólo él parecía admirar.

Baldovino comenzó en la Escuela de Bellas Artes en 1949, pero la abandonó a los pocos años. Continuó su formación acudiendo al taller del maestro Demetrio Urruchúa, profundizó en la organización espacial con el arquitecto y pintor Teresio Fara y se inició en la técnica del grabado con Leonelo Muñeza. Se educó en el mundo del arte, porque aunque tuvo la intención de recibir una formación académica, fue la vida misma y su incansable búsqueda, a través de la lectura y la práctica pictórica, las que le enseñaron la esencia de dicho mundo: uno podía encontrarlo instalado en la plaza de San Telmo en un puestecillo repleto de papeles con dibujos en pastel que representaban recónditos parajes de la capital.

A finales de la década de los sesenta se produjeron una serie de cambios en su vida. En 1968 formó una familia, se casó y tuvo un hijo al que llamó Leonardo. Posteriormente, comenzaron a sucederse las exposiciones y aumentó a su vez la cosecha de premios.

Un día entre tantos en que Baldovino se encontraba en su tenderete del mercado de la plaza de San Telmo, sucedió algo inesperado. El director de una famosa galería de Venecia se detuvo admirar sus pinturas y, para asombro del artista, le propuso exponer en su galería. La felicidad le invadió por completo, ya que aquello significaba la consecución de un sueño: viajar al continente europeo, y exponer allí, concretamante en Italia, la cuna del arte y el país de origen de sus antepasados.

Rumbo a Venecia

Finalmente en noviembre de 1973 expuso en la Galería Bevilacqua La Masa, situada en la Plaza de San Marco de Venecia. En dicha muestra se pudieron contemplar los paisajes de puertos y calles solitarias realizados en Buenos Aires. Fue una ilusión cumplida y culminada con un rotundo éxito por parte del público y de la crítica.

Se instaló en Venecia durante dos años y a esta exposición le siguieron otras tres en la misma ciudad, en las galerías Fontana, Silvestre y Santa Lucía. En Italia no sólo expuso, también aprovechó para visitar museos y recorrer sus calles aprendiendo del arte clásico y renacentista.

Regreso a Buenos Aires

A mediados de la década de los setenta regresó a Argentina y se integró en el ambiente plástico local, ofreciendo unos trabajos que resumían su experiencia europea.

En 1976 los acontecimientos políticos tiñeron de negro el panorama argentino. Comenzó el exilio masivo de personas que huyeron de un país rendido y sometido, a causa del miedo que que sentían hacia la cruel dictadura. Entre éstos se encontraba Baldovino, que no dudó ni un momento en embarcase de nuevo para cruzar el Atlántico, esta vez rumbo a Mallorca, invitado por su gran amigo Cándido Ballester. El artista abandonó el estilo paisajista y presentó su tendencia pictórica más abstracta, influenciada por el arte originario de América del Sur.

Mallorca, la "isla de la calma"

Al llegar a la isla conoció a Rafael Jaume y a Esteban Pisón, con quienes mantuvo una formidable relación de amistad y colaboración en torno al ámbito de la poesía.

A principios de los ochenta, el artista ya se encontraba totalmente integrado en el panorama cultural isleño. Posteriomente estuvo residiendo largas temporadas entre Mallorca y Holanda. Su pintura se fue adentrando en el ámbito de las emociones del alma, influenciado por la libertad de espíritu y de pensamiento que promovía el gran artista y teórico Kandinsky.

La poesía y la naturaleza se enzarzan en la pintura de Baldovino dando lugar a una abstracción lírica, donde las formas y los colores responden a una necesidad interior. El sosiego, la quietud, el equilibrio y la armonía se comvierten en la temática de sus composiciones.

En 1988, viajó a Canarias y conoció a un marchante con el que realizó diferentes muestras en Tenerife. Confiado e inocente, no se dio cuenta que aquel hombre estaba vendiéndole toda la obra a sus espaldas y el mercado isleño terminó saturado de su pintura. Por ello, se vieron obligados a viajar a Madrid. Al enfrentarse con la realidad y darse cuenta del engaño, el artista, deprimido y dolorido, optó por pedir auxilio a las Hermanas de la Caridad del centro de acogida San Isidro. Allí permaneció en el anonimato cerca de tres años, hasta que le hicieron un reportaje para la revista Interviú. Cuando salió en los medios y sus amigos mallorquines lo reconocieron, comenzaron a hacer lo imposible por ayudarle.

A mediados de los noventa, volvió a Mallorca y su pintura se fue adentrando cada vez más en un mundo de ensueños e ilusiones. En sus cuadros materializa lo inmaterial, lo etéreo, nos desgaja sus sueños, sueños hipotéticos de un mundo mágico, siempre buscando el sentido oculto de las cosas, explorando el mundo del inconsciente en busca de la belleza absoluta, que está por encima de la realidad.

Baldovino trabajó entre la abstracción y la figuración. En sus pinturas más figurativas, aparecen motivos de gran naturalismo. En cambio los ambientes, la colocación de los motivos, nos transmiten un sentimiento de irrealidad. Durante 1996 y 1999, realizó exposiciones donde se pudo disfrutar de estas obras menos abstractas. Unas obras que difunden un sentido sobrenatural a través de elementos reconocibles: peces, mariposas, perfiles de hombres y mujeres, esferas, lunas y sobre todo pájaros... que adquieren un carácter simbólico casi obsesivo.

Durante este período ya se comenzó a hablar de materia en las obras abstractas de Baldovino. El volumen de las formas se potencia con la inclusión de más pigmento en los lienzos. Pero fue con el cambio de siglo cuando el artista se adentró en el mundo del collage. El color sigue siendo fascinante, utiliza tonos muy intensos y llenos de vida, que transforman su obra en una explosión de alegría.

Baldovino, actual

El artista continúa trabajando el mundo de la abstracción, con formas que marcan volumen y profundidad; espacios abstractos en los que se puede reconocer formas precisas de nuestra realidad circundante.

Es la libertad que siempre ha primado en sus decisiones y en su forma de vida la que le premite desarrollar diferentes tendencias, sin más preocupación que la obra en sí misma. Baldovino nos obsequia con unos lienzos de maravillosos colores e intensos matices que vibran, nos regala unas pinturas de formas libres y onduladas, que se superponen y entremezclan. En definitiva, una pintura intimista que nos transmite emociones.

Pilar Serra

(del libro “Angel Baldovino, retrospectiva”. 2006)